Límites e Instrucciones: Entre la Represión y la Convivencia
Durante mucho tiempo, el mensaje sobre los límites ha estado ausente o ha sido malinterpretado. Se nos ha vendido una idea de convivencia donde todo es refuerzo positivo, paz y amor, como si establecer un límite fuera sinónimo de autoritarismo o como si cualquier incomodidad constituyera un ataque. La realidad es que la vida no es así de blanda: ni para nosotros ni para los perros.
En el mundo de la educación canina, el debate sobre los aversivos y los límites está contaminado por un conductismo mal digerido. Nos obsesionamos con dividir las interacciones en refuerzos y castigos sin darnos cuenta de que la conducta es la expresión de un organismo completo, no solo una respuesta a un estímulo. Aplicamos la etiqueta de "libre de aversivos" como un sello de pureza, pero la realidad es que los límites también generan incomodidad.
Un límite no es un castigo, pero tampoco es siempre agradable. Si le digo a alguien que me molesta que me mire mientras como, esa persona puede percibirlo como una riña y, por lo tanto, como un aversivo. Sin embargo, eso no lo convierte en algo intrínsecamente malo. Es, simplemente, una comunicación que interviene en la convivencia.
El problema es que seguimos cargando los límites con una intención de control sobre el otro. Si el perro no me respeta, subo la intensidad de mi comunicación. Si eso no funciona, aplico más presión. Y aquí es donde entramos en una zona gris: ¿usamos el límite para inhibir o para comunicar?
Cuando entendemos el límite desde la relación, no desde la jerarquía ni el condicionamiento, todo cambia. No se trata de impedir que el otro haga algo solo porque no lo quiero, sino de establecer cómo quiero que sea la convivencia. Un límite bien puesto no busca reprimir, sino generar equidad.
Nos hemos movido de un extremo a otro: del castigo desmedido al miedo a poner cualquier freno. En ese vaivén, olvidamos que la vida está llena de momentos aversivos, que no por ello constituyen maltrato o abuso. Un perro que se pincha al oler un cactus ha tenido una experiencia desagradable, pero no es el fin del mundo. De la misma manera, si le pido a mi perro que no me invada cuando como, no lo estoy castigando; simplemente, estoy comunicando una necesidad.
Es clave ser honestos con el discurso. Afirmar que no usamos aversivos es erróneo cuando cualquier interacción puede ser desagradable en algún nivel para el receptor. La cuestión no es si existe un aversivo, sino si se usa con la intención de castigar o si es simplemente una consecuencia natural de la relación.
Nos obsesionamos con los términos y las metodologías, pero lo que realmente importa es la calidad del vínculo. No se trata de si algo es técnicamente un refuerzo o un castigo, sino de qué estamos construyendo con ese perro y si nuestras acciones reflejan respeto, comprensión y lógica social.
En definitiva, poner límites no es malo. Hacerlo estrictamente desde el control y la represión, sí. Pero evitar toda incomodidad también es una forma de violencia: la violencia de la inconsistencia, la falta de claridad y la hipocresía. Si queremos una relación real y funcional con nuestros perros, más nos vale aceptar la incomodidad como parte del proceso y aprender a poner límites con inteligencia, coherencia y respeto.
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