Estrategias de Afrontamiento: ¿Herramientas de Desarrollo o Dependencia?

En nuestra relación con los perros, la construcción de estrategias de afrontamiento es una herramienta poderosa, pero no siempre se desarrolla de manera adaptativa. A menudo, estructuramos estas estrategias desde fuera, imponiéndolas sin considerar el impacto real que tienen en la autonomía del perro. La dependencia emocional que se genera cuando una estrategia no promueve la evolución del individuo es una trampa que debemos evitar.

Un ejemplo claro es la necesidad de un objeto como apoyo o muleta emocional. Si una persona asocia su seguridad en público con llevar un sombrero azul, el día que lo olvida puede colapsar. Este tipo de estrategias pueden servir como un punto de apoyo temporal, pero si no hay un desarrollo real, se transforman en muletas permanentes. En el caso de los perros, estrategias como portar un objeto o recibir comida en momentos de estrés pueden ayudar a modular la emocionalidad. Sin embargo, si se convierten en una condición indispensable para afrontar determinadas situaciones, no estamos fomentando su autonomía, sino creando una nueva dependencia.

El problema surge cuando estas estrategias no evolucionan. Un perro que necesita un masticable o portar un objeto para calmarse sigue dependiendo de un factor externo. No hay un verdadero desarrollo si el mecanismo solo cambia de forma. La clave está en observar si la estrategia permite que, con el tiempo, el perro pueda afrontar la situación sin necesidad de recurrir a ella. De lo contrario, estamos perpetuando una burbuja de seguridad que no le permite evolucionar.

Es fundamental reconocer que los perros utilizan objetos en su comunicación natural, pero no de la manera en que nosotros los estructuramos. En interacciones con otros perros, portar un objeto suele tener un significado competitivo o de ostentación: “mira lo que tengo”. No es un acto pasivo ni una estrategia de afrontamiento en sí misma. Por eso, cuando diseñamos ejercicios basados en el transporte de objetos para gestionar emociones, es necesario preguntarnos si estamos aprovechando una predisposición natural o si estamos imponiendo una construcción artificial que, en el fondo, solo sustituye una dependencia por otra.

La comida, por otro lado, también puede ser una herramienta útil si se emplea con un propósito claro. No es lo mismo condicionar a un perro a recibir salchichas en cada encuentro social que usar la comida como un puente hacia la relajación y el aprendizaje. Sin embargo, si la comida se convierte en un requisito para que el perro tolere la situación en lugar de un apoyo transitorio, estamos cayendo en la misma trampa.

El objetivo debe ser el desarrollo del individuo. No podemos conformarnos con identificar una estrategia de afrontamiento y asumir que el trabajo está hecho. Debemos analizar si esta estrategia favorece la evolución del perro o si solo estamos construyendo una burbuja que evita el problema sin resolverlo. Si nuestro perro necesita siempre un amuleto para gestionar sus emociones, es un signo de que algo no está funcionando como debería.

En última instancia, se trata de actuar con honestidad y de cuestionarnos continuamente qué hacemos, por qué lo hacemos y qué implica para el desarrollo del perro. La clave no está en demonizar o idealizar estrategias, sino en entenderlas dentro del proceso de aprendizaje y evolución. La confrontación no debe evitarse, sino gestionarse de manera que el perro pueda superarla con autonomía y confianza.

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