Rebeldía Canina: ¿Tu Pasatiempo o Su Vida?

Durante un seminario que impartí - uno de esos espacios diseñados para cuestionar la relación que construimos con nuestros perros - surgieron dos historias que me impactaron profundamente y que, creo, dejaron una huella importante en quienes estaban presentes.

La primera fue compartida por una participante que había adquirido un perro específicamente para practicar deportes. Habló con entusiasmo y cierta frustración, como si estuviera en pleno proceso de reevaluar su relación con él. Dijo algo así:

“Mi perro tiene 10 meses y está conmigo porque quería practicar agility. Más adelante pensé en detección o pastoreo, pero ahora me doy cuenta de que lo que más necesitamos es aprender a gestionar nuestra relación. A veces me cuesta manejarlo, especialmente cuando aparecen ardillas o gatos. Estoy aquí para aprender a ser mejor tutora.”

En sus palabras se percibía el choque entre las expectativas iniciales y la realidad de convivir con un ser único, con necesidades y limitaciones propias. Sin embargo, fue otra historia, compartida en una edición posterior del seminario, la que me dejó reflexionando profundamente.

La libertad malentendida

Una asistente relató su experiencia con su perro de manera cruda y honesta:

“Llevo casi 10 días dándole menos control a mi perro, y sinceramente ha sido un caos. Cuando intentó interactuar con otro perro, lo golpeó en la espalda y terminó con una lesión que requirió fisioterapia. También decidí no interferir cuando persiguió a una persona, y terminó mordisqueando a un joven. Mi intención era darle más libertad, pero el estrés ha sido insoportable. Lo adquirí para hacer agility porque me enorgullece darles un 'trabajo' a mis perros. Sin embargo, ya no tengo control, y nuestro vínculo se ha deteriorado.”

Este testimonio expuso con claridad una contradicción que, desde mi perspectiva, es recurrente en las relaciones humano-perro: pedimos a los perros libertad y autocontrol mientras seguimos imponiéndoles nuestras propias expectativas y necesidades.

El contrato invisible: lo que decimos vs. lo que hacemos

Uno de los temas que trabajamos en el seminario es la idea, tan arraigada, de que los perros “necesitan un propósito”. Muchas personas justifican sus acciones diciendo que “los perros necesitan trabajar” o que “son más felices con una tarea”. Sin embargo, lo que suelen hacer en realidad es proyectar sus propias necesidades. Queremos perros que sean un reflejo de nuestro control, nuestra disciplina y nuestro éxito, sin detenernos a pensar si eso es lo que realmente necesitan o quieren.

La segunda historia dejó claro que el caos no surge solo por la falta de control, sino por la falta de coherencia. Decimos querer perros felices y libres, pero les imponemos estructuras y actividades que encajan en nuestras vidas, no en las suyas. Les exigimos comportamientos funcionales en entornos que, para ellos, son completamente disfuncionales. Esto es algo que intento transmitir durante las sesiones: ¿qué significa realmente entender y respetar al perro que tenemos enfrente?

Ignorar la individualidad y la madurez emocional

Ambas historias reflejan un patrón común: adquirimos perros con objetivos específicos - ya sea para practicar deportes, destacar en ciertas actividades o demostrar lo “educados” que están - pero rara vez nos detenemos a cuestionar qué quieren ellos.

Esta dinámica me recuerda a cómo algunas familias planifican las vidas de sus hijos antes de que nazcan. Deciden que serán médicos, ingenieros o artistas famosos, proyectando en ellos un propósito que no siempre refleja sus inclinaciones o capacidades. Algo similar ocurre con los perros: si es un border collie, debe pastorear; si es un malinois, debe hacer mondioring.

Nos enfocamos tanto en sus capacidades biológicas que ignoramos por completo su madurez emocional. ¿Qué pasa si ese perro no desea cumplir con el destino que le hemos asignado? ¿Qué sucede cuando nuestras aspiraciones chocan con su bienestar?

La paradoja del control

La segunda historia ilustra otra paradoja que abordamos en el seminario. Pedimos autocontrol a los perros, pero no les damos herramientas para alcanzarlo. Decidimos “darles libertad”, pero sin guiarlos adecuadamente, y esa supuesta libertad se convierte en caos.

En este caso, la libertad no fue una oportunidad para el perro, sino una forma de evitar la responsabilidad de entenderlo realmente. Al final, tanto el humano como el perro terminaron sobrepasados, estresados y más alejados de una relación armoniosa. Esto me lleva a insistir en algo fundamental: no podemos pedirles que sean algo que nosotros mismos no somos capaces de ofrecer. Si no somos coherentes, ellos tampoco podrán serlo.

La imposición de un propósito

El problema no está en practicar deportes como el agility, la detección o el pastoreo. Estas actividades pueden ser maravillosas y enriquecedoras, pero solo si parten de una comprensión real de quién es el perro y qué necesita. El problema surge cuando se impone un propósito como única razón de ser para el perro.

Lo que veo con frecuencia es que se prioriza el ego humano. Queremos que nuestros perros sean un reflejo de nuestras aspiraciones. Si cumplen, los celebramos; si no, los etiquetamos como “difíciles” o “problemáticos”.

Un llamado a la coherencia

En el seminario invito a todos a reflexionar sobre esto: ¿por qué tenemos un perro? ¿Qué esperamos de él? ¿Estamos dispuestos a dejar de lado nuestras expectativas si no encajan con lo que nuestro perro necesita?

La libertad, el control y el propósito no deberían ser conceptos impuestos, sino construidos juntos, desde la empatía y el respeto mutuo. Porque, al final del día, un perro no es un reflejo de nuestro éxito ni un objeto para alimentar nuestro ego. Es un ser vivo, con una vida propia, que merece ser vivida bajo sus propios términos.

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