Impulso Canino: Comunicación y Contagio Emocional
El otro día recibí este video de Milo y su prima - cuyo nombre desconozco - quienes interactúan en una escena cargada de significado. Aquí les dejo mi interpretación así como algunas reflexiones. Durante la interacción, Milo transporta una manta y en varios momentos parece incitar a su prima a quitársela. Este comportamiento podría interpretarse como una estrategia competitiva donde la posesión del objeto se convierte en una excusa para el intercambio. Un diálogo canino mutuo y aceptado. Ninguno de los dos se retira ni evita el espacio donde ocurre la situación. Se están comunicando, negociando a mordiscos, empujones y saltos, marcaciones que evidencian un vínculo fuerte y bien construido.
Pero luego sucede algo que suele activar las alarmas humanas: la prima corre a Milo con su cuerpo, gana la manta y, quedando de espaldas a él, recibe su respuesta: Milo decide montarla. ¿Por qué lo hace? ¿Cuál es el significado de esta conducta dentro de esta dinámica? Y más importante aún, ¿qué connotación tiene para el ser humano que los observa?
Los perros no buscan dominar. Comunican. Y lo hacen con una sofisticación que muchas veces nos supera. La empatía en ellos es evidente, mucho más de lo que solemos reconocer en nuestra propia especie. El contagio emocional es un claro ejemplo de ello: se trata de una forma básica de empatía en la que un individuo comparte el estado emocional de otro. En perros, se ha comprobado que el contagio emocional se da tanto en situaciones experimentales de laboratorio como en interacciones cotidianas con humanos (Preston & de Waal, 2002). Esto implica que no solo leen nuestras emociones, sino que también las absorben y responden a ellas.
Volvamos al video: cuando Milo monta a su prima, ¿ella intenta alejarse? ¿Lo baja? ¿Muestra incomodidad? No. Entonces, ¿a quién le molesta realmente este comportamiento? La incomodidad parece ser humana. La persona que los observa interviene con un tono adversativo, diciéndole a Milo: “¡Con la primita así no!”.
Aquí entra en juego otro fenómeno fascinante: la perra responde al malestar humano con señales de apaciguamiento. Dirige su mirada a la humana que ha intervenido adversativamente en la interacción, su expresión cambia: ojos de ballena, orejas hacia atrás, ligera tensión en el ceño, un relamido y, finalmente, una sacudida para liberar tensión. Todo en su lenguaje corporal dice: “Tranquilízate, no es para tanto”. Y es más, ante la intervención de la humana, la perra elige acercarse a ella en lugar de continuar el intercambio con Milo. Luego, cuando Milo intenta reiniciar el diálogo con un mordisco a su pata trasera, la perra nuevamente busca la mirada de la humana con la misma expresión que antes. Se mantiene atenta al estado emocional de su referente y decide no seguir la dinámica, a pesar de que Milo la invita a continuar conversando. No porque haya un problema entre ella y Milo. No porque la interacción haya dejado de tener sentido. Sino porque su prioridad, en ese momento, es regular la incomodidad de la humana.
Esto nos deja frente a una pregunta incómoda: ¿Hasta qué punto intervenimos en la conducta de los perros por su bienestar y no por nuestro propio beneficio?
Los estudios sobre contagio emocional sugieren que los perros no solo perciben el malestar humano, sino que pueden llegar a ajustarse a él (Payne et al., 2016). Esto encaja con la idea de que sus habilidades sociocognitivas evolucionaron en un proceso convergente con los humanos, con quienes han compartido ambiente durante al menos 35.000 años (Skoglund et al., 2015). Su supervivencia depende de nosotros: el acceso a alimento, refugio y afecto está mediado por la relación con los humanos (Udell et al., 2010). Esto explica por qué priorizan mantener una interacción fluida y predecible con sus referentes.
Y es aquí donde el debate sigue abierto: ¿Los perros ofrecen consuelo o ayuda cuando perciben angustia en un humano? La evidencia es controversial (Pérez-Manrique & Gomila, 2018). Sabemos que a través de la homeóstasis puede realizarse ese filtro emocional entre nosotros y nuestro perro, que los perros absorben nuestra energía, que nos leen con precisión quirúrgica. Pero aún queda por determinar hasta qué punto son capaces de exhibir conductas de preocupación empática genuina, es decir, actuar activamente para mejorar nuestro estado emocional.
Lo que es innegable es que los perros no existen en un vacío emocional. Cada interacción con ellos está mediada por nuestras emociones, nuestros sesgos, nuestra necesidad de control. Tal vez la pregunta más relevante no sea qué tanto nos entienden los perros, sino cuánto estamos dispuestos a entenderlos a ellos.
Referencias
Cavalli, C. M., & Bentosela, M. (2021). Empatía en perros domésticos: rol del contagio emocional y el ofrecimiento de ayuda. Revista de Psicología, Universidad Nacional de La Plata. Disponible en: https://revistas.unlp.edu.ar/revpsi
Payne, E., DeAraugo, J., Bennett, P., & McGreevy, P. (2016). Exploring the canine cognition: Domestic dogs exhibit affective empathy. Animal Cognition, 19(3), 543-550.
Pérez-Manrique, A., & Gomila, A. (2018). The comparative study of empathy: Sympathetic concern and empathic perspective-taking in non-human animals. Biological Reviews, 93(1), 248-269.
Preston, S. D., & de Waal, F. B. M. (2002). Empathy: Its ultimate and proximate bases. Behavioral and Brain Sciences, 25(1), 1-20.
Skoglund, P., Ersmark, E., Palkopoulou, E., & Dalén, L. (2015). Ancient wolf genome reveals an early divergence of domestic dog ancestors. Current Biology, 25(11), 1515-1519.
Udell, M. A. R., Dorey, N. R., & Wynne, C. D. L. (2010). The performance of stray dogs (Canis lupus familiaris) living in a shelter on human-guided object-choice tasks. Animal Behaviour, 79(4), 717-725.




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