¿Estamos preparados o simplemente no queremos estar preparados?
¿Cómo sociedad estamos preparados para entender a un perro en proceso de maduración o bien a un perro maduro? La respuesta no es sencilla, pero parece que, en muchos casos, la respuesta es no. Nos enfrentamos a una desconexión entre lo que un perro necesita para desarrollarse plenamente y lo que estamos dispuestos a ofrecer como tutores. En lugar de entender los procesos naturales de su crecimiento, muchas veces preferimos simplificar, controlar o incluso ignorar.
Observemos un poco nuestro entorno: rara vez vemos a un tutor celebrar que su perro gruñó para pedir espacio o que se quedó quieto para permitir que otro perro joven lo olfatee. Esas interacciones, que forman parte esencial del comportamiento canino, pasan desapercibidas o, peor aún, se ven como problemas. En cambio, aplaudimos fotografías y momentos donde los perros parecen adaptarse a nuestras expectativas humanas, luciendo más como un ideal de compañía que como seres auténticos.
Esto no tiene que ver únicamente con el antropomorfismo; se trata de nuestra necesidad de comodidad. Queremos perros que no nos reten, que no muestren comportamientos que requieran reflexión o adaptación por nuestra parte. Un perro adolescente, lleno de energía y en busca de su lugar en el mundo, puede resultar difícil de manejar para quienes no comprenden esta etapa. Un perro adulto que toma decisiones o establece límites con otros puede ser visto como problemático. En lugar de entenderlos, intentamos moldearlos para que se ajusten a lo que consideramos aceptable.
La verdadera cuestión es si estamos dispuestos a aceptar la complejidad de un perro como individuo, con emociones, necesidades y comportamientos propios. ¿Estamos listos para permitirles crecer, aprender y madurar a su propio ritmo, o preferimos imponer un modelo basado en nuestras propias limitaciones y expectativas?
Educar a un perro no debería consistir en anular su naturaleza, sino en construir una relación que respete sus procesos de desarrollo. Socializar, acompañar y comprender son herramientas fundamentales para crear un vínculo sólido y significativo. Pero para eso, primero debemos replantearnos qué significa realmente convivir con un perro.
La pregunta final es ineludible: ¿qué sabe un humano de ser perro? Reconocer que no tenemos todas las respuestas podría ser el primer paso para crear un entorno donde los perros puedan ser ellos mismos. Solo entendiendo su lenguaje, sus etapas de vida y sus comportamientos podemos acompañarlos adecuadamente. La clave está en salir de nuestra zona de comodidad y comprometernos a ser tutores que respeten y valoren la autenticidad de cada perro, en cada etapa de su vida.
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